
Durante 45 días del año, miles de fieles devotos llegan de todos los rincones del Perú y el extranjero para venerar al milagroso Señor de Muruhuay y también para comer y "chupar" gratis los productos típicos del lugar. Su templo está en la falda del cerro Shalacoto, en el distrito de Acobamba, a once kilómetros de Tarma, en Junín.
Es el único Cristo crucificado y grabado en piedra del país que atrae multitudes, pues en un solo día el lugar puede albergar a más de 50 mil creyentes, que llegan para rezar, pedir milagros y encomendarse a Dios. Los más de 450 mayordomos, que se suceden día a día, tienen la misión de organizar la fiesta y atender a todo aquel que pise Muruhuay.
Los miles de devotos forman día y noche interminables colas para tocar por unos instantes al "Cristo de la piedra". Pobres y ricos se confunden entre enfermos crónicos, que suben al santuario a pedir en llanto la sanación del Señor. Luego abandonan el templo con una sonrisa de esperanza y fe, dibujada en sus rostros.
DIAS DE FIESTA Antes de que salga el sol del 2 de mayo, en toda la ciudad los acobambinos se despiertan para iniciar la víspera de la adoración al Señor. Los mayordomos sirven caldo de mote y chicha de jora a los miles de turistas y visitantes sin distinción.
Pareciera que el gasto es millonario, pero no. Todo el pueblo colabora con el mayordomo. Unos donan la comida, otros el conjunto musical. "Te aseguro que no he gastado nada", alcanza a decir un mayordomo tarmeño.
Al atardecer, el tradicional puchero acobambino se calienta en una gran paila cuadrada a la espera de los comensales, que beben el "calientito" a base de siete yerbas y aguardiente, a fin de aplacar el intenso frío y la helada.
Al día siguiente se inicia la adoración central al Señor de Muruhuay, con la salva de 21 camaretazos, y se degusta la patasca y la pachamanca. Luego, comparsas enteras se concentran en la plaza de armas de Acobamba y desde allí parten al encuentro del Señor.
El mayordomo, junto a su esposa, alfereces y cuadrillas de chonguinos con disfraces coloridos danzan al compás de la chonguinada, huaylas y huaynos interminables rumbo al sagrado templo.
La fe y la devoción sumadas a la alegría de multitudes, transforman el santuario del "Cristo de la piedra" en un lugar festivo. Se encienden fuegos artificiales y bombardas que iluminan el azulado cielo de Muruhuay. La velada ha de culminar con la quema de majestuosos castillos al pie del templo, al anochecer.

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